[Panamá] Bocas del Toro, relax, mojitos y mar

Alex y Lupe nos llevaron de buena mañana al aeropuerto de San José, donde cogeríamos nuestro vuelo hasta Bocas del Toro. Qué huéspedes tan fantásticos! Ojalá podamos devolveros el favor cuando tengamos nuestro propio hogar en España o en cualquier costa del mundo!

Pagamos las tasas de salida de Costa Rica, y nos dirigimos a pesar las maletas. Volábamos con Air Nature, aquel vuelo “de vuelta” que habíamos comprado en el aeropuerto de Miami para que nos permitieran embarcar en el avión. Al leer las condiciones, nos habíamos dado cuenta de que los pesos de equipaje admitidos  para este vuelo eran ridículamente pequeños: tres kilos y medio para la maleta de mano y apenas siete para la “facturada”. Con el fin de evitar pagar otra maleta, Mónica y yo nos habíamos pasado la noche anterior viendo como encajar todo lo que llevábamos en esos dos bultos, y finalmente comprobamos que con todos los bolsillos atiborrados de tecnología, estábamos justo por debajo límite permitido. Y así llegamos al mostrador, con el convencimiento del que ha hecho un buen trabajo. Pesamos la maleta a facturar, y perfecto! Peso clavado. Y cuando ya íbamos a poner la de mano, nos dicen que nos subamos a la báscula… nosotros! Nos hicieron pesarnos a nosotros mismos! Resulta que tienen otra cláusula que dice que si pesas más de 112 kg te hacen pagar dos pasajes, y para no discriminar “a ojímetro” a los gordos de los muy gordos, obligan a todo el mundo a pesarse. Así que nos subimos con la chaqueta y todos sus bolsillos a tope de cables, baterías, discos duros, móviles,… vamos que ni Robocop, y… nos dieron su visto bueno! Prueba superada, yeaaaah!

Pasamos el control de seguridad, con todo los accesorios tecnológicos de nuevo en la maleta de mano, y llegamos a la sala de espera previa al embarque. Sospechosamente, no había más de 20 personas, y para más inri algunas iban hacia otros destinos. Qué raro! :S En la pantalla de la puerta no aparecía el nuevo vuelo. Había un poco de desconcierto. Finalmente hicieron la llamada para Bocas del Toro, y allí que nos presentamos una decena de pasajeros. Subimos al bus y tacháaaan… llegamos a la avioneta más pequeña que jamás habíamos visto. Con una capacidad para quince personas, con tres asientos por fila, sin separación entre la cabina de pilotos y los pasajeros… genial! Un vuelo prácticamente privado y a coste de uno comercial!

El despegue fue apasionante, fue como vivirlo desde la propia cabina de pilotos. En primera linea. Sintiendo los movimientos como nunca, viendo la tranquilidad de los pilotos y las risas que se echaban. Además, el vuelo transcurría a menor altura que uno normal por lo que pudimos disfrutar de los increíbles paisajes verdes el sur de Costa Rica. Descenso y aterrizaje no menos espectacular en Bocas, sobre una especie de carretera recta con una casita que hacía las veces de terminal.

Salimos de la avioneta bajo un sol tórrido (más tarde nos daríamos cuenta que estábamos en época de lluvias y que más bien era un día excepcional, pero no avancemos acontecimientos). Nos dirigimos hacia la caseta que hacía las veces de terminal, donde un hombre con semblante tranquilo nos pide los pasaportes para hacer unas fotocopias y nos dice que podemos sentarnos y relajarnos, que estamos en Bocas, y que aquí eso del estrés no se lleva XDDD Y de verdad que fue así! Pasó un cangrejo por el medio de la sala, nos llamaron, tomaron algunos datos, pasaporte cuñado y bienvenidos a Panamá! Salimos del edificio, y para nuestra sorpresa, ni taxis, ni buses,… ya estamos en el centro del Pueblo de Bocas! Preguntamos por el hostal Heike, y no tardamos en encontrarlo. Isla Colón tiene cuatro calles (literalmente) y todo el mundo se conoce. Al llegar, nos recibió Susana. Nos invitó a dejar las mochilas y a cocinarnos unos pancakes de buena mañana mientras se hacían los check out y veíamos si quedaba algún hueco para nosotros. Como siempre nosotros llegando sin reserva a los sitios, pero la suerte se volvió a aliar con nosotros. Un grupito se iba y nos quedamos en una habitación de cuatro en la propia planta baja. Ya que estábamos en un pueblito tan tranquilo (no parecía que hubiera mucho por hacer), y que veníamos tan cansados de cuatro meses sin parar de viajar y con una cantidad enorme de emociones y experiencias, decidimos que sería un buen lugar para pasar una semanita simplemente recuperando fuerzas y poniendo al día el blog.

Pero como tampoco era plan de “perder el tiempo” preguntamos si conocían algún lugar donde pudiéramos hacer de voluntarios o trabajo a cambio de hospedaje o algo así. Fuimos a tres o cuatro sitios, pero no encontrábamos algo que nos llamara la atención. A media tarde, Susana nos llamó para presentarnos a Augusto, un joven brasileño que había estudiado hostelería en España y trabajado siete años en Madrid. Era el encargado del Barco Hundido, uno de los bares más conocidos del lugar, y nos propuso servir mojitos por las tardes a cambio de comisión por unidad vendida. Nos pareció un trabajo simpático, y aunque toda nuestra carrera como bartenders se resumía a poner cervezas en el Hadronic Festival y poco más, él se ofreció a explicarnos como prepararlos, y algunos truquillos del profesional de la barra. Así que aceptamos y esa misma noche nos fuimos a descubrir el que sería nuestro nuevo trabajo.

Los primeros días fueron flojitos, y nos sirvieron como rodaje para el jaleo que se formaba allí los viernes y sábados. Algunos de los clientes empezaban a repetir, ya no en la misma noche sino que venían también otros días, lo que daba una cierta satisfacción. Nuestros esfuerzos estaban dando resultados. Yo cortaba las limas, las mezclaba con sirope, las estrujaba y las aderezaba con el ron o vodka y las hojitas de hierba buena. Mónica servía los hielos y terminaba el coctel, finalmente lo removía suavemente para que todo quedara bien mezcladito, dos pajitas, y voilà: caipiroska o mojito servido!

Y así estuvimos dos semanas, durante el día leyendo y escribiendo. Por las tardes algunos días Mónica iba a zumba, otra nos iniciamos en el yoga, otra en jiu-jitsu, y la que no llovió nos fuimos a Playa Estrella. Y por las noches aprendiendo y disfrutando de ser bartenders, un trabajo a ratos estresante pero que te permite conocer a muchísima gente, hablar con ellos, que te cuenten lo que han hecho por la zona y hacía donde se dirigen, contarle tu historia y seguir cortando limas como si no hubiera mañana. 

Y así fue como en nuestra última tarde sirviendo mojitos, hablamos con un cliente francés que nos contó que había hecho un tour con una compañía que se llamaba Under Sea y que había hecho una cosa que se llamaba deepboarding y que le había encantado.

Así que para allá nos fuimos, a reservar el tour a Zapatilla con Under Sea. Una empresa llevada por Diego y Yelenis, un español y una cubana supersimpáticos que habían tenido el coraje de abrir un negocio en este recóndito lugar del mundo. El tour estuvo muy bien, pero el deepboarding fue algo superior. Nos volvió locos! Tanto que al día siguiente (el que iba a ser nuestro último día en Bocas del Toro) quisimos repetir, y contratamos el otro tour que ofertaban, ligeramente más económico aunque al final éramos los únicos y nos ofertaron ir a de nuevo a Zapatilla… con doble deepboarding! Yeehaaaaaa, como íbamos a negarnos?

Tuvimos la gran suerte que salió un día fantástico y pudimos disfrutar aún más si cabe de ver a los osos perezosos, pasear por Zapatilla, snorkel, doble sesión de deepboarding, y a la vuelta… delfines! No habíamos tenido la suerte de verlos aún, pero cuando estábamos a unos 15 minutos de llegar, allí estaban! Qué sensación tan increíble poder ver aparecer sobre la superficie del agua sus lomos y aletas… Día redondo y vuelta a la que pensábamos sería nuestra última noche en Bocas, pero el destino nos tenía preparado algo aún mejor… (continuará :p)

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